Ethnography of Emotions in the Construction of Anthropological Knowledge: A Pedagogical Proposal.
Etnografar emoções na construção do conhecimento antropológico:contorno de uma proposta pedagógica
Una de las reflexiones más importantes en el estudio de las emociones tiene que ver con la metodología; es decir, cómo nos aproximamos a este campo. Un gran y variado número de antropólogas y antropólogos ha debatido si estudiamos desde las emociones o con ellas. Es decir, como el objeto de una investigación social o como parte de la perspectiva del o de la investigadora de campo. También, se ha pensado en la dimensión emocional desde una perspectiva histórica, a partir de una mirada interdisciplinaria y como una dimensión que tendría que estar presente en cualquier investigación social. Desde nuestra experiencia etnográfica y pedagógica, proponemos a las emociones como construcciones socioculturales que modelan nuestra experiencia y corporalidad, en contingencias sociohistóricas, íntimamente relacionadas con marcadores sociales de la diferencia, como el género, la clase, la raza, la adscripción étnica, la religión, entre otras propias de la singularidad de cada persona. Bajo esta lógica, el y las autoras de este trabajo venimos desarrollando una propuesta pedagógica, que busca contribuir a una discusión que consideramos necesaria en la formación antropológica: visibilizar el estatuto de las emociones -propias y de nuestros/as interlocutores/as- en la creación de conocimiento a partir del registro etnográfico.
Esta propuesta forma parte de las inquietudes compartidas sobre la búsqueda y exploración de nuevos derroteros para hacer antropología de la dimensión emocional. Partimos de nuestras experiencias en trabajo de campo (Jacobo Herrera, 2013; Mazariegos Herrera, 2020; Martínez-Moreno, 2025) y de la formación antropológica a través de la inmersión etnográfica, un proceso didáctico en el cual adquirimos experiencia y nos formamos como personas en la medida que nos confrontamos con la alteridad.
Decidimos formular una propuesta que tiene como fundamento la introducción de las emociones en el registro etnográfico en dos sentidos. El primero, como objeto de estudio en la antropología; y el segundo, como parte del proceso de construcción de conocimiento de quien investiga. Todo esto en el marco del proyecto PAPIME 400420 (UNAM) titulado: Las emociones de ida y vuelta. El registro etnográfico de la dimensión afectiva en la investigación social, realizado en el periodo 2020-2022, dirigido por Frida Erika Jacobo Herrera y en el que colaboraron Marco J. Martínez-Moreno e Hilda María Cristina Mazariegos Herrera. De dicho proyecto surgió la compilación Las emociones de ida y vuelta. Experiencia etnográfica, método y conocimiento antropológico, libro publicado en 2022 y coordinado por Jacobo Herrera y Martínez-Moreno. También, la posibilidad de facilitar talleres y seminarios dirigidos a estudiantes de pregrado y posgrado y a investigadoras o investigadores de la antropología y de ciencias afines. En tales encuentros, trabajamos aproximaciones etnográficas en clave emocional como componente esencial del análisis de datos de campo y la construcción de conocimiento en antropología. Aquí presentamos parte de la propuesta y los puntos de encuentro y de desencuentro que se suscitaron a partir de la implementación de dichas actividades.
En nuestra búsqueda por incluir la dimensión emocional en la investigación antropológica, consideramos necesario pensar qué es y representa para la antropología el trabajo de campo y la etnografía. Desde la experiencia etnográfica de Bronislaw Malinowski (2001) en la década de 1920 sobre la permanencia en un espacio y la convivencia cotidiana con el grupo de estudio -canónica en el imaginario disciplinar acerca de la intersubjetividad y la producción de teoría etnográfica (ver Peirano, 2022)-, se han establecido diferentes definiciones y formas de registro, cuya principal herramienta es el diario de campo. Este posibilitó, de manera simultánea, el registro de la subjetividad del/a etnógrafo/a y de datos entendidos como objetivos, con los cuales el/la investigadora se confrontaba. La primera dimensión desaparecía de los documentos finalmente publicados, favoreciendo solo la segunda, en nombre de la cientificidad.
Fue precisamente la publicación de los diarios de Malinowski en 1967 (1989) el detonante de un debate instigante que hasta hoy nos acompaña. En su escritura íntima, podemos apreciar el conflicto interno del antropólogo y el carácter emocional de sus observaciones en las islas Trobriand, que, tras largas elaboraciones, permitieron la concepción de una etnografía capital para posteriores discusiones. Como la del espíritu de la reciprocidad, formulada por Marcel Mauss (2011 [1925]) en su Ensayo sobre el Don, y los desarrollos de la etnología melanesia, que desafían concepciones modernas acerca de la constitución de la persona y de las relaciones de género occidentales. En la historia de la antropología tenemos el registro del trabajo pionero de Margaret Mead con su obra Sex and Temperament in Three Primitive Societies (1935) y, más recientemente, el de Marylin Strathern (2006) con su discusión sobre la divisibilidad de la persona y el género del don.
Con la publicación de Writing Culture. The poetics and politics of ethnography, James Clifford y George Marcus (1986) sistematizan un debate acerca de la naturaleza entrañada de la subjetividad del o de la antropóloga en su producción textual. Ellos inauguraron lo que hoy conocemos como giro reflexivo, que fundamenta el capítulo norteamericano de la antropología posmoderna. La fuerte polémica levantada a partir de Writing Culture, sobre la polifonía en la investigación, que cuestionaba una pretendida autoridad etnográfica al poner en diálogo las voces de los “nativos”1 con la del/la etnógrafa. Se visibilizaba así un vínculo cuya densidad emocional debía hacer explícita la posición del o la investigadora, formalizando la necesidad de un análisis introspectivo sobre la creación del vínculo etnográfico en medio de relaciones de poder histórica y socioculturalmente contingentes.
Tal vez el mejor ejemplo conocido de este giro reflexivo, que necesariamente incluye la afectividad, es el ensayo La aflicción y la ira de un cazador de cabezas, de Renato Rosaldo (2000). En él, el autor problematiza la “fuerza cultural de las emociones” para dar paso a su comprensión de la práctica de la cacería de cabezas entre los ilongot. Como sabemos, esta fue una relocalización conceptual propiciada por el sufrimiento causado por la abrupta muerte de la pionera de lo que hoy conocemos como antropología de las emociones, su esposa, Michelle Zimbalist Rosaldo.2 Y como todo debate, el giro reflexivo abrió paso a contrapropuestas críticas inauguradas en el también clásico libro Women Writing Culture, compilado por Ruth Behar y Deborah A. Gordon (1995). Aquí, las autoras colocan en primer plano la diferencia de género como constitutiva de una perspectiva privilegiada que apunta a la visibilización de relaciones de poder a través de experimentaciones narrativas y textuales en la composición etnográfica y producción de teoría social. En este libro, las autoras hacen explícita la dimensión de las emociones en la innovación narrativa, con el objetivo de hacer más tangible la interacción vivida durante el proceso de investigación. Así, ellas proponen una escritura etnográfica donde hay un diálogo explícito entre las categorías de nuestros/as interlocutores/as y las del investigador o de la investigadora.
En paralelo a los desarrollos norteamericanos, la tradición de la etnología francesa, concretamente el trabajo de George Devereux (1967), estableció diálogos con el psicoanálisis, mostrándonos que enfrentarse con la alteridad genera “ansiedades” que deben ser objeto de racionalización, pues hacen parte del proceso de nuestras teorizaciones. Para Devereux, el éxito en la investigación consiste en la descripción de la confrontación entre sujeto cognoscente y objeto sobre el cual recae la reflexión (también poseedor de agencia e intencionalidad), planteando así la idea de la intersubjetividad como un componente del método de cualquier investigación. Este punto es relevante porque implica una evaluación emocional/afectiva en la producción de vínculos etnográficos, planteamiento que permitió a Vincent Crapanzano dar relevancia al juego de trasferencias, seducciones y reciprocidades emocionales que el antropólogo estableció con el shamán marroquí en el libro Tuhami (1980), o con Kevin, fisicoculturista y pastor sudafricano, protagonista de su artículo “On the Transfer of Emotions” (1994). Es pertinente mencionar que tanto Crapanzano como Rosaldo fueron partícipes de Writing Culture y exponen un Zeitgeist heredero de la segunda modernización de Occidente, a partir de los años 1960 (Campbell, 1997). Lo anterior implicó la progresiva valoración de la interioridad y el desentrañamiento de la categoría emoción como estructurante de una “espiritualidad laica” que permite la experiencia de integración de y con la totalidad de la persona en Occidente (Duarte, en prensa) -es decir, de la idea/valor del “individuo” (Dumont, 1970).
Este “acercamiento a la interioridad”, sugerido años atrás por Lévi-Strauss (1965), permitió que los antropólogos y antropólogas incluyeran en sus reflexiones de método un abanico de fenómenos experienciales que desdibujan las fronteras entre pensamiento, acción, manifestaciones sensoriales y materiales del cuerpo. En términos de comunicación y socialización del conocimiento, Luiz Fernando D. Duarte (en prensa) nos recuerda que esta “dimensión romántica” muestra que el acto de investigar y escribir no está desconectado de la subjetividad del o la antropóloga. Lo anterior implica un desafío de la composición de hechos sociales totales en diálogo con la literatura, en donde una primera persona del/la autora permite al lector acceder a la experiencia emocional de nuestros interlocutores, componente que ayuda a la elaboración de sentido de la alteridad (Beatty, 2019).
Otro gran debate respecto de la naturaleza de la etnografía tiene que ver con su papel de ayudar a recolectar y construir los datos observados durante el trabajo de campo. Es decir, de aportar elementos teóricos por el simple hecho de observar y conocer discursos, prácticas y representaciones de grupos sociales que constantemente están generando sus propios conocimientos. Tener acceso a miradas-otras sobre la realidad, gracias al trabajo de campo, permite que la teoría hable por sí misma y de manera directa. La antropología invierte el proceso de la construcción de conocimiento de lo empírico a lo teórico, pero también, de lo teórico a lo empírico.
A diferencia de otras ciencias sociales en las que es más clara la frontera entre trabajo de campo, aparato conceptual y modos de transmisión de conocimiento, generalmente haciendo uso de una tercera persona o de pronombres impersonales (que transmiten la sensación de objetividad), para nosotras/os, la etnografía es un camino de ida y vuelta, en el que la emoción está entrañada en nuestro proceder, en la capacidad analítica y en el modo como nos expresamos por medio de la escritura. Esto, sin duda, ha representado un problema que tiene que ver con la tan añorada objetividad de la ciencia y de la exigencia de tomar distancia frente a lo observado. Por eso, las emociones no han sido parte de la etnografía, pero sí de la experiencia de quien investiga.
En un planteamiento más contemporáneo referente a lo que es, y el tipo de conocimiento que se construye en la etnografía, principalmente atribuida al quehacer antropológico, Rita Segato y Francisco Carballo (2021) señala una crisis en la disciplina, surgida por una inseguridad epistémica que se ha alimentado de dicha discusión y pone en duda si hacemos teoría o solo recabamos datos empíricos. Esa crisis es expresiva de un denso debate que permite trazar fronteras entre producción sociológica y antropológica. Como nos recuerda Mariza Peirano (2014) acerca de la historia de la institucionalización de la antropología en Brasil, en la primera mitad del siglo XX se consideraba que teoría e investigación empírica correspondían a momentos diferentes. La ciencia debía tener un estatuto meramente teórico, razón por la cual la antropología no pasaba de una iniciativa poco sofisticada. Para los sociólogos, los “hechos etnográficos” propios de la antropología no se consideraban suficientes para la generalización teórica.
Al otro lado del Océano Atlántico, la reflexión del antropólogo británico Tim Ingold (2013, 2017) sobre las relaciones entre antropología, trabajo de campo, etnografía y observación participante nos ayuda al propósito de nuestra propuesta. Para el autor, una idea más auténtica de la antropología es la de una búsqueda profunda, abierta, generosa y comparativa y, al mismo tiempo, crítica sobre las condiciones y potencialidades de la vida humana en el mundo que todos y todas habitamos. El o la antropóloga que realiza trabajo de campo tiene como meta aprender otras formas de vida, y la etnografía es una práctica descriptiva que nos brinda una narrativa matizada, bien informada y sensitiva, de cómo viven este o aquel pueblo (Ingold, 2013).
Otras disciplinas, afirma Ingold, asumen la etnografía como una actividad para recolectar datos. Al iniciar una investigación, se “sale” al campo, se entrevista a la gente y se realizan observaciones. Una vez concluido el proceso y recolectados los datos etnográficos, se llevan a casa y se analizan. Esta es una mirada positivista de la etnografía cuando el quid de la observación participante es que no se trata de una recolección de datos sino de una forma de aprender desde dentro. El principio antropológico que fundamenta la observación participante es el de la reciprocidad, es decir, que debemos retribuir algo de nuestro ser y de nuestro saber al mundo en el cual entramos en relación de pesquisa. Desde una perspectiva ingoldiana, el trabajo de campo nos permite interrogarnos críticamente sobre los otros, pero también sobre nosotras y nosotros mismos, y en la etnografía podemos dar cuenta de ese proceso de aprendizaje que denota la transformación de quien investiga.
Estos son antecedentes importantes pero que no tuvieron la fuerza necesaria para que se recuperara a las emociones en la enseñanza y aprendizaje de la antropología, especialmente en la etnografía. Buscamos superar la percepción generalizada de que las emociones del o la antropóloga solo aparecen en sus textos cuando se refieren a experiencias como alguna enfermedad, duelo o violencia. Por eso, creemos de vital importancia que se sumen estas y nuevas reflexiones en la práctica antropológica en lo que llamamos etnografíar emociones o etnografía de las emociones, transversal a cualquier tema y desarrollo teórico. Al iniciar un proceso de investigación, las emociones de las y los investigadores salen a flote, sin importar la duración de las estancias, permanecer o no en el campo, realizando entrevistas o sistematizando la información en los centros académicos. La intensidad de las relaciones construidas, de las vivencias y experiencias, sugiere que en diferentes momentos del proceso investigativo están entrañada el ethos y la visión de mundo (Geertz, 2003 [1973]) del o la antropóloga.
Rescatamos el énfasis en el carácter relacional de la dimensión emocional (Kemper, 1978; Spencer, 2011; Sabido, 2020) y su carácter estructural en el diseño de cualquier empresa de conocimiento, como punto de partida, desarrollo y desenlace, tanto de la construcción del problema de estudio como de sus resultados finales. Recuperando nuevamente a Ingold (2017), el conocimiento antropológico:
No consiste en proposiciones sobre el mundo sino en las habilidades de percepción y en las capacidades de juicio que se desarrollan en el curso del involucramiento directo, práctico y sensual con los entornos que nos rodean. Esto es para refutar, de una vez por todas, la falacia común de que la observación es una práctica dedicada exclusivamente a la objetivación de los seres y las cosas que acaparan nuestra atención y su remoción de la esfera de nuestro involucramiento sensible con los consocios. (p. 149)
y agrega:
el conocimiento no se construye sobre hechos que están simplemente allí, esperando a ser descubiertos para ser organizados en términos de conceptos y categorías, sino que más bien surge y su crecimiento sucede en la medida en que forjamos nuestras relaciones con otros. (p. 155 )
Más que cualquier otra disciplina, la antropología tiene mucho que decir sobre la cualidad atmosférica de la investigación, en la que sentidos, emociones, cognición y la totalidad del cuerpo están envueltos por la vida de nuestros interlocutores en el campo.
El trabajo de campo clásico de la antropología se caracterizó por estancias largas, por no llegar con una pregunta inicial (al grado que ni siquiera se hacían entrevistas) y llevar un registro de la totalidad de lo observado. Existía el supuesto de que los pequeños detalles darían cuenta del color particular de la cultura y su organización social; es decir, de cómo vive, piensa, hace y siente la gente con la que entramos en contacto. Sin embargo, en la actualidad, esta mirada a la antropología, la etnografía y el trabajo de campo no se puede plantear de la misma forma. Ya no se hacen estancias prolongadas y la entrevista se convirtió en el recurso más usual de inmersión de campo. Tim Ingold señala que debemos tener cuidado con asumir que la etnografía y el trabajo de campo son lo mismo. Esa idea ha alimentado, por un lado, la crisis en la antropología, y por otro, que todos y todas quienes aplican entrevistas llamen a eso etnografía. De esta manera se reduce la complejidad teórico-metodológica que implica la investigación antropológica.
Estamos conscientes que esa forma de entender la antropología y de hacer trabajo de campo ya no es tan fácil de implementar. La manera actual de hacer investigación tiene que ver con diferentes factores. Por ejemplo, la falta de recursos económicos en las universidades y agencias de fomento, o los contextos de inseguridad y violencia que se viven en países como México, Colombia o Brasil, entre otros de Latinoamérica, lo que ha reducido nuestra movilidad y modos de inserción profunda en el campo. A partir del 2020, la pandemia por COVID-19 nos llevó a replantear la forma y los métodos que utilizamos para obtener la experiencia de la alteridad, fundamental para cualquier empresa etnográfica. Estos, entre muchos otros, son factores que debemos tomar en cuenta para proponer nuevas estrategias metodológicas y construir etnografías que valoricen los lugares de enunciación y el ser y estar emocional del o la investigadora y sus interlocutores.
¿Cómo hacer etnografía en estos tiempos? Proponemos que el o la antropóloga describa sus experiencias, haciendo evidente sus aprendizajes intelectuales y emocionales en situaciones que confrontan, como la experiencia de aislamiento durante la pandemia, por ejemplo, o situaciones en las cuales la virtualidad gana cada vez más significado para la cotidianidad de las personas, como lo es nuestra vida online en Internet. En ese proceso, pueden construirse estrategias teórico-metodológicas que permitan la emergencia de preguntas de investigación etnográfica. Esta es una actitud que rescata lo mejor de la etnografía clásica, es decir, dejarse afectar por la vida de nuestros interlocutores, sin imponerles categorías previamente definidas, y retomar la práctica crítica y reflexiva de la posicionalidad.
Es posible reconocer a nuestros interlocutores como agentes de su realidad, quienes nos guían de acuerdo con sus códigos y relaciones. Lo anterior implica la no tan sencilla tarea de poner en diálogo nuestras concepciones con las suyas, cosa que envuelve categorías teóricas, experiencias corporales y emocionales que nos desafían y tienen la potencia de elucidar nuevo conocimiento. Así también reconocemos la capacidad analítica de nuestros/as interlocutores/as y podemos interpretar atravesamientos de género, clase, sexualidad, raza, etnia, entre otras dimensiones de la vida social. Este es un ejercicio de responsabilidad en la manera como nombramos al otro/a, que implica el desafío de la comprensión de nuestros límites emocionales ante situaciones que a veces nos pueden resultar desagradables y que oscurecen la comprensión de los hechos que documentamos. En este esquema resulta fundamental considerar la ida y vuelta dentro de la dimensión emocional, que implica una transformación de la manera cómo formamos nuevas generaciones de antropólogos/as. Dimitrina Spencer (2011) llama a este proceso una reflexividad emocional (emotional reflexivity).
Nosotras/o pensamos que la incorporación de los afectos, emociones o sensaciones -entre otras formas de categorizar registros sobre el cuerpo o la conjunción entre razón y emoción en el trabajo de campo-, la observación participante, el análisis de datos y la composición etnográfica permite afinar la reflexión sobre relaciones de poder, jerarquías, configuraciones culturales y cosmologías. La incorporación de la dimensión emocional hace necesariamente más complejo el proceso de educación en antropología, lo sabemos. Pero también consideramos que permite una formación de la persona que adquiere una sensibilidad y percepción del mundo diferenciada, con la potencia de enriquecer los debates antropológicos.
Al ser la antropología una práctica de educación, en la concepción de Ingold (2017), nos formamos y formamos para guiar a las y los estudiantes en el mundo, a través de la observación participante. Es decir, formar no es una trasmisión vertical de conceptos o teorías ya establecidas, sino que implica “prestar atención a lo que otros dicen y hacen a lo que está sucediendo alrededor” (p. 150), es decir, contemplar cómo viven. Esto genera, en palabras del autor, un “riesgo existencial considerable”, que pone en entredicho muchos de nuestros planteamientos iniciales cuando vamos a campo, pero también interpela nuestra propia forma de pensar, decir, hacer y sentir. Formar en antropología, entonces, conlleva un ejercicio de comunicación e intercambio continuo entre el mundo “otro” y el mundo “propio”.
Pensando en la antropología como una práctica de educación, del 2019 al 2021 llevamos a cabo tres talleres dirigidos a estudiantes de licenciatura y posgrado de distintas disciplinas (Antropología, Psicología, Sociología, Comunicación, Medicina, entre otras) e instituciones. El primer taller (2019) tuvo 27 participantes; en 2020, durante la pandemia, tuvimos un cupo de 16 integrantes; en 2021, impartimos un taller para investigadores/as con trayectorias consolidadas (26 asistentes, aproximadamente), además del desarrollo del seminario permanente, que ha tenido desde su inicio, en 2018, una asistencia regular de entre 20 y 30 personas.
En los talleres pusimos énfasis en la escritura narrativa como una herramienta metodológica y analítica que permite identificar puntos clave de las experiencias de las y los investigadores en campo. A partir de este ejercicio, propusimos la reflexión sobre cómo fueron establecidos los vínculos en el campo, las entradas a la comunidad o grupo estudiado, la identificación de temas que no se habían contemplado previamente y los cambios experimentados por los/as investigadores/as. Cambios que muchas veces fueron vividos como una “transformación” de la persona, de estados emocionales que fundamentaron o iluminaron ideas antes no contempladas y que tuvieron como resultado descripciones etnográficas innovadoras.
A continuación, presentamos la sistematización de algunas estrategias, así como nuevas preguntas generadas de la práctica formativa, que enunciamos y desarrollamos a partir de los siguientes puntos:
a) La etnografía como el lugar de reconocimiento de las emociones propias, o relational reflectivity. El trabajo de campo, sea prolongado o no, en donde pueden realizarse una o varias entrevistas, representa un ejercicio arduo. Adentrarse en un lugar y acercarse personalmente con la o el entrevistado es un ejercicio de extrañamiento que trastoca nuestro centro. Este ejercicio de reconocimiento de la alteridad conlleva grandes desafíos en el proceso de conocimiento propio.
En suma, es un juego de espejos constante que invita a la reflexividad y que muestra una de las dificultades constantes que observamos en los talleres: hacer explícito el registro de las emociones del/la investigadora. Varios de los/as participantes de los talleres reconocieron cuán incómodo y problemático resultaba hablar de sus vivencias, asumiendo que sus emociones eran parte de un “mundo privado” que no podía ser publicitado, lo cual derivaba en la exposición indeseada de sí ante un público desconocido. No obstante, comenzaban a reconocer el impacto de la reflexividad de esta provincia del ser y su relación con la generación de ideas, vividas como epifanías, insights o descubrimientos que creaban un continuo entre sus investigaciones y el “nivel personal”. Esto último provocó que algunos/as de los/as participantes de los talleres interrumpieran o cambiaran el tema de sus investigaciones, para no seguir involucrándose. Otros/as, reconociendo la potencia de la propuesta, hicieron más complejos sus abordajes analíticos, y se vieron en la necesidad de incluir nuevos elementos teóricos para tratar los fenómenos vividos en el campo.
En el caso de investigadores o investigadoras consolidados/as, la confrontación consigo mismo/a implicó desafíos de composición escrita, dada una desvalorización en la academia de la exposición del punto de vista del observador en aras de construir objetividad científica. Como varias/os de ellas/os señalaron, no es sencillo encontrar un modo ni un espacio de incluir la transformación personal en las etnografías, para dar cuenta de cómo fue cambiando el proceso de investigación; al tiempo que describir e integrar las emociones de nuestros interlocutores, reconociéndolos en su subjetividad. Por eso, en el proceso formativo, dimos énfasis al ejercicio del diálogo, que implica la valoración de la reciprocidad en la constitución del vínculo de alteridad y concebir la etnografía como el lugar de encuentro entre empirismo y teoría. Lugar donde el o la investigadora construye un reflejo de su propia cultura frente a ese otro que investiga.
El resultado fue positivo. Los y las participantes de los talleres de 2019 elaboraron textos que apostaron a la descripción de emociones de ida y vuelta del campo, lo que permitió la edición de un dossier en 2020, publicado en la revista Ruta Antropológica. Los artículos de esa compilación mostraron que nuestra propuesta formativa tuvo un fuerte impacto que se vio reflejado en la elaboración de textos originales y que, además, señalaron los desafíos del campo cuando se genera disgusto y ausencia de empatía. En los talleres encontramos que tanto estudiantes en formación como investigadores/as consolidados/as identificaron experiencias comunes que, al socializarlas, se reconocieron y validaron como parte fundamental del proceso de investigación. Es decir, un reto para quienes se interesan por incorporar la dimensión emocional en sus publicaciones es la inseguridad frente al rechazo a hablar abiertamente de las emociones que surgen en el trabajo de campo. Esto responde al paradigma objetivista que sigue predominando en la academia. En este sentido, el trabajo de retroalimentación colectiva permite desentrañar argumentos etnográficos que habían quedado olvidados o en el cajón de lo que “no está permitido decir”.
b) La narrativa como una herramienta de escritura de los trabajos antropológicos. En los talleres que impartimos, un gran acierto fue provocar en los y las asistentes la escritura a partir de un detonador: una anécdota o una situación (in)cómoda durante el trabajo de campo o la entrevista, donde detectaron “una entrada al campo”. El ejercicio estuvo guiado por las siguientes preguntas: ¿cómo se dio esa interacción? ¿Cómo era el ambiente social que la rodeaba? ¿Qué se evidenció o salió a la luz en ese momento sobre esa persona, del lugar del o la investigadora en campo y de la problemática que estaban investigando? A partir de ello, casi todas las personas participantes evocaron experiencias lejanas en el tiempo, cargadas de recuerdos intensos que mostraban la vitalidad de aquel momento. Esos eran acontecimientos que permitían el cuestionamiento del vínculo de alteridad, además de recordar el proceso a través del cual la investigación se fue gestando. Dónde o en qué momentos afloraron un sinnúmero de emociones, que habían pasado desapercibidas pero que fueron centrales para el resultado final de los estudios realizados. Al reflexionar en sus ejercicios de escritura, los/as participantes notaron cuán medular fue la forma en la que cada una/o desarrolló su investigación a partir de ese registro emocional.
Una vez elaborado el recuerdo, procedimos a preguntar ¿por qué es importante involucrar las emociones en el proceso de construcción de conocimiento? Generar una respuesta implicaba reevaluar la idea de objetividad científica que descarta cualquier sesgo de subjetividad del/a observador/a, particularmente los malestares que puede generar en ciertos temas de investigación. Para abordar este tema, la antropología, además de dar cuenta de interlocutores representantes de poblaciones vulneradas, agrupaciones en resistencia y/o las y los oprimidos, comienza a incluir personajes “incómodos”, como pueden ser un victimario o grupos conservadores, etcétera. Ellos/as nos interpelan de manera distinta, como desarrolla Marco J. Martínez-Moreno (2022, 2025) a partir de su trabajo con hombres agresores de mujeres y los psicólogos que los tratan en el proceso de responsabilización de los actos de violencia. Este autor nos conduce a problematizar el estatuto del valor de la empatía, la afectación y el rechazo, emociones presentes en el trabajo de campo que muchas veces construyen una representación del otro como un ser carente de humanidad. En otras palabras, la caracterización de un “bárbaro” por fuera de lo social, que replica una narrativa moral de la modernidad usual en los estudios sobre violencia -un sesgo etnocéntrico que exige del o la antropóloga un alto grado de apercepción sociológica (Dumont, 1970; Strathern, 2006).
Otro ejemplo de incomodidad es el descrito por Mazariegos Herrera (2022), que, desde su posición como investigadora feminista, no se atrevió a cuestionar a una mujer creyente conservadora a la que entrevistaba. Aunque no estaba de acuerdo con muchas de las afirmaciones de su interlocutora, no la interpelaba, para no condicionar su respuesta en la búsqueda de la llamada objetividad. Sin embargo, esta molestia permitió a la autora identificar el lugar en el campo que le fue impuesto por las y los interlocutores, a través de una experiencia corporal y afectiva de sanación. Además, reconocer una serie de liderazgos que no necesariamente se desarrollan en el marco de una postura feminista, pero que se vuelven contestarios en el contexto de la investigación de campo. Este caso muestra cómo el registro de las emociones permite observar el sentido político de estas, al poner en marcha prácticas potencializadoras de cambio, movilidad y transformación de la experiencia de las mujeres dentro de sus iglesias.
Un último ejemplo del registro emocional en la investigación es el ofrecido por Jacobo Herrera (2022), que le permitió componer una retrospectiva de su trabajo de campo y dar relevancia a tres momentos fundamentales para que este se pudiera llevar a cabo: 1) el rechazo institucional para realizar la investigación dentro de un hospital del sector salud -esto fue comprendido por los/las interlocutores/as porque podían sentirse reflejados/as en experiencias similares-; 2) experimentar una enfermedad “local” y ser diagnosticada por una curandera; y 3) realizar observación participante constante en un espacio de sanación, respaldada por la curandera -su apoyo fue fundamental para la aceptación comunitaria frente a la presencia de la investigadora. Así, la autora comenta cómo fue posible adentrarse al terreno a partir de experiencias propias de afectación, cosa que no solo le permitió participar del registro cultural de sus interlocutores, sino establecer las bases para un diálogo que le permitió conocer con mayor profundidad el grupo de estudio.
Todos estos puntos son los que nos ayudan a fortalecer la propuesta de una etnografía emocional o con y desde las emociones, considerando la experiencia del trabajo de campo desde un punto de vista de los extrañamientos producidos por la amalgama entre afectos y cognición. Así, buscamos problematizar el supuesto de una separación entre razón y emoción, que fundamenta la confrontación del sujeto contra el objeto en la formulación de conocimiento. Durante la facilitación de los talleres, identificamos un tránsito por distintas etapas que tiene que ver con el desarrollo, inclusión y reconocimiento de las emociones propias y ajenas en el registro etnográfico. En los primeros talleres, encontrábamos un cierto rechazo y suspicacia hacia esta perspectiva, sobre todo por parte de investigadoras consolidadas. En los posteriores, públicos más jóvenes se mostraron más abiertos. Esto podría relacionarse con un contexto sociopolítico en expansión, que valoriza las luchas por los derechos de las mujeres y el reconocimiento de la diversidad sexo-genérica -cosa que implica concebir y posteriormente romper con regímenes emocionales del “sistema cisheteropatriarcal”-.
Hemos identificado, además, que el trabajo y la incorporación de la dimensión emocional en las investigaciones pasa por distintas etapas, estrechamente vinculadas al trabajo de campo etnográfico y, particularmente, al proceso de enseñanza-aprendizaje. Hay una primera reacción de rechazo por un número significativo de participantes de los talleres, quienes cuestionan la validez de la propuesta y su cientificidad. Al identificar las afectaciones experimentadas en campo, varios de ellos/as expresan incomodidad o vergüenza -indicándonos que pasan a reconocer su involucramiento-; no obstante, asumen que esos estados no son relevantes en términos académicos, dado un miedo constante a la lectura y posible crítica de colegas. Por parte de nosotras/o, en nuestro papel como talleristas, lo anterior implicó, en ejercicios de construcción de confianza -tanto en el momento de los encuentros grupales como en el seguimiento de las actividades individuales de escritura etnográfica- un proceso cargado de descubrimientos y de asombro. Así nos lo hacía ver uno de los estudiantes, quien, mientras hacía su tesis de licenciatura sobre la “tristeza” en un pequeño poblado de la montaña de Guerrero, en México, reconocía la cualidad “melancólica” de la atmósfera de aquel lugar. Una vez caracterizado su contexto de investigación en clave emocional, pasó a incluir nuevas referencias teóricas para dar cuenta de esa manifestación de la vida, que antes era invisible.
Para nosotras/s fue un desafío promover la reflexión acerca de la etnografía como lugar de encuentro entre teoría y empirismo, donde la interacción social está mediada por emociones, afectos y otros registros corporales. Para eso, echar mano de instrumentos conceptuales antropológicos, como la experiencia y la posicionalidad, fue importante para abrir espacio a las emociones en la etnografía. Sin embargo, reconocemos que, como antropólogas/os, carecemos de herramientas de acogimiento de ciertas “catarsis”, entre otras performances de intensidad emocional de algunos/as de los/as estudiantes, relacionadas con proyectos de investigación sobre violencia, conflicto social e inseguridad. Consideramos importante la promoción, no solo de espacios de reflexividad relacional, sino también de “grupos de cuidado” al interior de las universidades, en donde sea posible compartir vivencias que permitan identificar no solo lugares comunes, sino alternativas ante impasses individuales, que inspiren a otras personas dentro del grupo. Lo anterior ayudaría a dar forma a nuestra propuesta de dar estatuto epistemológico a las emociones en los procesos de formación de nuevos/as antropólogos/as. No se trata de “psicologizar” la práctica antropológica, sino de justificar la necesidad de formas de acompañamiento y promoción de espacios seguros en donde estudiantes e investigadoras/es puedan expresar sus “miedos”, “ansiedades” e “incertezas”, propios de la investigación etnográfica.
Con respecto a la escritura, consideramos que el contenido de los trabajos de los alumnos se limitaba a dar cuenta de cómo eran aplicadas ciertas técnicas y procedimientos de investigación. Sin embargo, era escasa la elaboración narrativa acerca del proceso creativo, que, como hemos mencionado varias veces, implica el reconocimiento de las emociones en momentos clave del trabajo de campo. Dados los límites de tiempo y número de sesiones del formato taller, esos elementos de comprensión apenas quedaban enunciados. Sin embargo, quedaba sí sembrado el interés por continuar aplicando los ejercicios reflexivos, útiles para repensar estrategias metodológicas -indispensables- para la comprensión de los fenómenos particulares de cada estudiante o investigador/a.
Recapitulando, hemos reconocido dos formas para la incorporación de la dimensión emocional. La primera ha sido a través del ejercicio retrospectivo sobre un evento o encuentro que haya desembocado en una serie de situaciones, relaciones y acceso a ciertos espacios, datos o personas en campo; y otro, que tiene que ver con la concientización de la experiencia de tales situaciones durante el desarrollo de una investigación. Para quienes optaron por ejercicios retrospectivos, resultó más fácil crear relaciones entre el fenómeno estudiado, la emoción emergente en la relación y la experiencia (compartida o no) del/de la investigadora con sus colaboradoras/es etnográficos. Una vez que la investigación está en curso, vislumbrar la dimensión emocional resultaba revelador. No porque antes no lo haya sido, sino porque las y los participantes de los talleres pudieron reconocer que ese “punto de quiebre” les abrió puertas, les facilitó o no relaciones y les permitió entender dicha realidad, mediada siempre por su propio lugar de enunciación.
Un elemento que identificamos en las narrativas de las y los estudiantes es que la incorporación de la dimensión emocional en la narrativa etnográfica, en principio, fue descrita como una especie de “descubrimiento”. Manifestaban sorpresa al reconocer que aquello que sentían era relevante para la construcción de sus problemas de investigación, el acercamiento a las y los interlocutores, la elección de la estrategia teórico-metodológica y el posterior análisis. Cosa que no era sencilla de articular durante el proceso de escritura pues, además de haber incorporado durante años una formación enfocada en demostrar la objetividad de sus estudios, causaba extrañamiento posicionarse en la primera persona. Varios de los textos fueron ilustrativos sobre la forma en la que las y los investigadores “contienen” y excluyen las emociones, evitando sumergirse en ellas para potencializar el análisis de sus datos de campo. Esto nos lleva a pensar que incorporar una perspectiva emocional como eje transversal en las investigaciones es un proceso de largo aliento que implica práctica constante. Es decir, vale la pena hacer un ejercicio de análisis crítico de las mallas curriculares para que, desde el inicio de la formación, la reflexividad acerca de la emoción sea un eje de discusión y análisis.
Un camino que se vislumbra es el del seguimiento a esos cambios y reacomodos en la forma de hacer etnografía, una en clave emocional, formadora de conciencia de implicaciones éticas y políticas al hacer investigación antropológica. Es decir, la clave emocional promueve la responsabilización de futuras/os antropólogas/os sobre su quehacer en el mundo que compartimos con nuestros/as interlocutores/as.
Jacobo Herrera, F. (2022). Las emociones en la Etnografia. Revisión de propuestas para un registro etnográfico de la Dimensión Emocional. En F. Jacobo Herrera y M. Martínez-Moreno (Eds.). Las emociones de ida y vuelta. Las emociones de ida y vuelta. Experiencia etnográfica, método y conocimiento antropológico (pp. 29-48). México D.F.: Editora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Martínez-Moreno, M. (2022). Cosas que no están escritas en el texto: una exploración sobre la investigación antropológica con los violentos. En M. Jimeno, A. Góngora, M. J. Martínez-Moreno y A. Olmos (Eds.). Antropología, violencia y actores sociales en América Latina (pp. 279-305). Bogotá: Editora del Centro de Estudios Sociales de la Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia.
Mazariegos Herrera, H. (2022). El diario de campo encarnado. Apuntes para una propuesta metodológica para el estudio de las emociones desde y con el cuerpo. En: F. Jacobo Herrera & M. Martínez-Moreno (Coords). Las emociones de ida y vuelta. Experiencia etnográfica, método y conocimiento antropológico. México D.F.: Editora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Autónoma de México.
[1] Native en inglés, que en la actualidad tiene connotaciones primitivistas, pero en su momento refería a una diferencia incorporada o una perspectiva que producía extrañamientos y desestabilizaba proyectos analíticos y políticos del/de la etnógrafo/a. Hoy en día podemos encontrar una continuidad de ese modo de concebir la alteridad en emprendimientos de la así llamada antropología ontológica (Viveiros de Castro, 2015).